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"LA SUERTE DE VARAS", opinión de FERNANDO PIZARRO

Lunes 25, de Enero 2010

Se lidia el cuarto de la tarde. Encastado, parece que es bravo, ha tomado dos varas con gran estilo y todo apunta a que va a tener un poder excesivo para la lidia. El matador lo coloca para una nueva vara y, percibiéndose del poder del toro, lo deja muy abierto, entre los medios y el tercio.


En la plaza se hace un silencio absoluto y expectante. El picador cita al toro y éste se arranca al galope, alegre, presto para el combate. El picador lo recibe con un puyazo en todo lo alto y explota la ovación por parte de todo el público, ovación que acompaña al picador mientras se retira del ruedo.
El toro, realmente encastado y bravo, se asemeja a aquel toro que llevó a Domingo Ortega a decir “que Dios nos libre de un toro bravo”, se crece en banderillas y en la muleta muestra sus grandes cualidades: enorme movilidad, gran fijeza, muy humillado, no rematando los muletazos por encima y obedeciendo a los toques, repitiendo incansablemente con gran codicia, transmitiendo una gran emoción a los tendidos.


Esta es la doble emoción que procuramos los aficionados: una emoción que nos trasmite la noción de peligro y la emoción estética que el torero es capaz de transmitir con valor, buena técnica y mucho oficio.
Infelizmente, los caminos por los que transita nuestra querida Fiesta no son estos; se ha acentuado el lado artístico en detrimento de la emoción del combate.
Muchas son las razones que llevan a que esto ocurra. La primera de ellas nos habla de la comodidad de los toreros que mandan, que pretenden que los ganaderos presenten un toro dócil, que se deje torear, que no les cause problemas. Incluso que perdone los errores que el torero puede cometer. Que no sea un toro con poder, que no sea encastado: que no sea bravo, en fin.
La segunda razón nos lleva a los taurinos que giran alrededor de los toreros y viven del dinero de estos y transmiten a los críticos (a algunos, por supuesto) obsequios y regalos para obtener su acuerdo. Por eso a los aficionados verdaderos nos tratan como “toristas”, con algún desprecio.


No es de extrañar, por lo tanto, que en muchas plazas el tercio de varas se limite a un “picotazo”; es tal la desgracia que en los reglamentos taurinos se exige que, en plazas de primera y con el objeto de salvar la Fiesta de los toros, se deban administrar, como mínimo, dos varas.
Por eso apoyamos las ganaderías que hacen de la suerte de varas parte esencial del arte de torear, porque apoyamos la verdad de la fiesta de los toros, siempre con el miedo a perderla, por culpa de la falta de inteligencia de los que viven de ella, o por exceso de comodidad.

FERNANDO PIZARRO. Socio fundador del “Círculo Amigos de Palha”


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